Estoy sentada en una alfombra roja dividida en tres secciones a lo ancho de la plaza en la que me encuentro. Tres líneas imperfectas llenas de turbantes, zapatos aparcados en las esquinas y mantas que acogen a sus huéspedes por las noches. La gente está sentada haciendo nada, parece que esperan algo. No sé si una vez más me estoy perdiendo el programa de eventos del Templo de Oro y en breves momentos algo interesante va a pasar.

Amristar ha sido todo un acierto en mi ruta por la India porque me regala una calma que no había conseguido antes en el país. Creo que hay algo que gira en torno a la religión Sikh y a este lugar que produce paz y armonía. Dicen que es una religión que nace de las diferencias entre el Islam y el Hinduismo, una religión pacífica y abierta. En la región de Punjab, cuya capital es Amristar, vas a encontrar todo el mejunje.

Una gran melena escondida que no puede cortarse, un turbante muy colorido, un brazalete, una daga y una barba libre. Siempre pensé que estos hombres de apariencia tan mística, y de cuya religión no sabía absolutamente nada, me acogerían en cualquier momento si tenía algún problema en India. Visten, miran, caminan y se comportan de manera diferente al resto.

No he salido de la zona del Templo de Oro demasiado, me encandila hasta el punto de ignorar todo lo demás que se supone que tengo que ver en la ciudad. Me encandila hasta el punto de ir acumulando arroz y restos varios en mis pies sin importarme arrastrarlos durante más días.

No conozco mucho de la religión Sikh pero el hecho de que abran sus puertas a toda persona, me tiene ganada. A los que venimos de muy lejos nos ofrecen una cama todos los días que queramos, el resto de la gente es libre de dormir en cualquier esquina del recinto. Añado comida gratis para todo el mundo: arroz, dhal, patatas y una especie de arroz con leche al toque indio.

Prepárate para la manera de echarte comida en el plato consiguiendo que la mitad caiga en el suelo, van sirviendo por filas de gente y vas a poder comer todo lo que quieras. Veinticuatro horas al día cocinando y limpiando platos – puedes ser voluntario, ojo – para los demás. Según el momento del día en el que te acerques vas a ver aun buen grupo de unas cien personas cortando o preparando la comida del siguiente menú. He visto amontonarse a los ajos, judías, patatas y demás.

Paseo por el templo descalza y con un pañuelo que me tapa el pelo, siento que estoy en una zona del mundo que me gusta cada vez que me cubro. Disfruto de ver a la gente bañándose – los críos también lloran si el agua está fría por muy holy que sea – en el agua sagrada del lago. Siempre me sorprende esta facilidad de vestirse y desvestirse enfrente de todo el mundo con esa delicadeza consiguiendo que no se vea una rodilla, hablo de las mujeres. Filas interminables para acceder al templo y observar las escrituras a mano de las enseñanzas de su Gurú. La gente es muy amable en todo momento y te van a pedir algunas fotos, aprovecha para hacer algún amigo que te conteste todas esas preguntas ridículas que a todos se nos pasan por la cabeza al acercarnos a la religión Sikh.

La verdadera magia empieza cuando el sol se va a otra parte del mundo. Mientras los guardias de seguridad pasean con sus lanzas y el sol cae, vas a ver como las primeras personas se establecen en sus rincones para pasar la noche. El ambiente es muy bonito y suena siempre una música preciosa de fondo, pero cuando iluminan el templo consiguen que este sea uno de los lugares más mágicos de la India.

El ambiente, digo. Hay algo especial.

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