No sé ni como me decidí a hacer el trekking de Langtang. Me imaginaba un montonazo de horas de caminata por las montañas y sin mucho más que hacer que ir subiendo altura y disfrutar de las vistas al Himalaya. Bien, pues toda la experiencia acabó siendo diferente gracias a ellos.

No había hecho los deberes ni tenía ni idea de la ruta, pero menos de la cultura tibetana que marca el carácter del valle. No sabéis lo que ha sido escuchar a lo largo de diez días historias de como en el año 1959 los abuelos de muchas de las personas que me iba encontrando cruzaron las montañas desde el Tibet buscando refugio y se asentaron en el valle de Langtang.

Estas familias que te cuentan sus orígenes son las mismas que todavía sufren la pérdida de familiares en el terremoto de Abril de 2015 que sacudió Nepal, pues el valle de Langtang fue de las zonas más afectadas por el seísmo en el país. Son historias duras.

Arranco una caminata de unas siete horas montaña arriba con una mochila que pesa demasiado, desde luego hacer la mochila para un trekking de varios días es nuevo para mí y aborrezco cada una de las prendas que he metido para el por si acaso. Mi primera parada es Sherpagaon, un pueblo de cuento (nepalí) en el medio de las montañas. Reconozco que llego destrozada y mendigando comida, hoy no puedo ser más afortunada con lo que me acabo de encontrar. Aunque tenga que comer un Dal Bhat más. Veo un cartel en la parte baja de pueblo: Yak Lounge.

Asomo mi cabeza a lo que parece el salón y me encuentro al supuesto padre de familia llevando en la espalda a un pequeñajo. Las estanterías están muy organizadas y la cocina está encendida, cocina que es una especie de plancha encima del fuego y que ya huele a delicia de comida. Veo dos camas al fondo y me imagino que duermen ahí, que es ahí donde hacen vida. Hay una segunda habitación que está unida a la primera y es un comedor para invitados con más camas. Todo esto con una cristalera continua en toda la pared de la casa. Me pregunto el frío que tienen que pasar aquí en invierno.

El baño está a unos metros de la casa y consiste en una caseta de madera y piedra con ventilación y un agujero en el suelo. Pero tiene para los pies, ojo. Cubo de agua que yo no quiero ni tocar y los cepillos de dientes que no sé que hacen en ese lugar que huele a infierno. Todavía me da mucha grima pensar en ese niño pequeño de la familia chapoteando descalzo sobre esa superficie. Tengo que reconocer que mi baño ha sido la montaña todos estos días de trekking porque no consigo enfrentarme a estos baños nepalis.

Me reciben encantados, resulta que las guest houses grandes se llevan la mayor parte de turistas por tema de guías, comisiones y arreglos varios. Pronto me dan la llave de la habitación, que está en otra zona de su terreno, y me acomodo en el pueblo.

Resulta que Pemba, la madre de la familia, y sus dos hijas vuelven de Kathmandu mañana y tienen muchas ganas de conocerme así que decido alargar mi estancia. Os cuento que estamos en época de festival en Nepal, el Dashain, cuando todos los niños vuelven al pueblo por vacaciones. Niños y niñas que se tienen que desplazar para estudiar porque en Sherpagaon no hay escuela.

Por historias que no vienen a cuento ahora, acabo durmiendo en su salón con ellos. Me dejan intimidad en la parte de la cocina y ellos se van a descansar a la zona del comedor. ¿Cómo carajo fabrican estas mantas? Cierro los ojos con la cadera raspando en la base de la cama, la leña todavía arde pero está en sus últimas y es muy especial dormirse aquí en este momento y en este viaje.

Me despierto con el ruido de una tortilla haciéndose y miro al padre con cara de: es todo perfecto. Se acerca a mí para taparme, colocarme la almohada y achuchar mis mejillas. Creo que me dejo adoptar por él. Los desayunos consisten en pan tibetano, tortilla francesa y un masala tea. Todo esto con vistas, claro. Empieza el habitual rezo budista de la mañana y me encanta el olor que desprende ese incienso típico que dejan arder hasta que desaparece y pasean toda la casa.

Hago tiempo para que llegue el resto de la familia. Dos niñas de unos diez años encantadoras y que además hablan inglés. Tengo que decir que la comunicación estaba siento curiosa hasta entonces. Conozco a Pemba. Es una persona maravillosa, se encariña conmigo desde el primer momento y pasamos mucho rato juntas. Sus amigas del pueblo vienen a verme con sus hijos y hablamos, hablamos mucho. Dejan de cortarse el pelo a los ocho años y ahora mismo tienen unas trenzas infinitas.

Resulta que hay una tendencia de mujeres muy jovencitas casándose con hombres muy mayores y teniendo hijos muy pronto. Estas mujeres tienen la misma edad que yo y mirad los estilos de vida tan diferentes. No me deja de impactar. Obviamente todos los romances surgen entre gente del pueblo y hasta sus familias son las que les presentan a la que va a ser la pareja de su vida. Os prometo que no dejan de hacer bromas con el hecho de que están casadas con hombres mucho más mayores que ellas.

Paso la tarde preparando una sopa de carne de Yak con ellas y compartiendo historias de vida. Agradezco mucho estar aquí y haberlos encontrado. Cuando la familia está ocupada me dedico a pasear por el pueblo y conozco al resto de familias, que me invitan a tomar té a cada rato. Historias similares y muy interesante conocer a la gente joven que ha vuelto por esto del festival que va a durar semanas. Son niñas las que me dicen que necesitan casarse pronto para que no hablen mal de ellas. Son niños los que deciden internarse en monasterios budistas.

A la mañana siguiente decido seguir mi ruta hacia las montañas, llevando conmigo la mejor de las experiencias del trekking. Me cuelgan un pañuelo blanco al cuello para que me de suerte el resto del camino.

 

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