Dedicado a Sara, mi compañera del Camino

He sentido y vivido tantas cosas, que la única manera que tengo de lograr escribir algo con sentido, es imaginar que esto es una reflexión larga que hago en la intimidad. Me apetece mucho compartir una pequeña parte de lo que me llevo del Camino de Santiago.

Fueron cuarenta días de caminar hacia adelante sin motivo alguno.

Siempre había querido hacer el Camino y era el plan perfecto para cuando estuviese medio destartalada, retirada y arrugada.

No podía estar más equivocada. La ruta que hicimos y el presupuesto reducido que nos ajustaba el gasto diario, convirtieron la aventura en plena supervivencia. Nada de lujos, comilonas, duchas diarias ni caprichos. Acampada libre era el plan, ya nos las apañaríamos para llegar al Santiago.

Sonabia era la ruta no oficial aquel día. Recuerdo subir por las piedras agarrada con mis manos para no perder el equilibrio que me quitaba la mochila. Miraba a Sara con ganas de retroceder, pero en sus ojos veía que no era una opción. Al llegar a la cima nos quitamos la mochila y nos sentimos tan sudadas y satisfechas, que nos sacamos una foto preciosa para el recuerdo. Disfrutamos de las vistas al infinito con la puesta de sol de película, mientras comíamos los cuatro dátiles que nos quedaban. Todavía teníamos por delante unos cuantos kilómetros hasta Laredo, pero íbamos a disfrutar mucho de la bajada.

En ese tramo, el Camino me tocó el alma.

Siendo gallega, tenía demasiada poca idea de lo que era el Camino. Sabía sobre el gran Camino Francés y sobre toda esa gente que caminaba y se reventaba los pies a los dos días, ¿entonces los de Irún cómo llegaban? ¿cómo lo íbamos a hacer nosotras?

Me sonaba eso de la Compostelana y sus sellos, el gran problema de las ampollas y los famosos albergues de peregrinos. Tuvimos claro desde el primer momento que buscábamos llevarnos a casa una gran experiencia, no un papelucho que confirmara nuestro periplo.

Sabía de primera mano como esos peregrinos llegaban a la Plaza de Obradoiro: emocionados.

¿Sentiría lo mismo?

Sara y yo nos habíamos visto en persona dos veces. Por cosas de la frustración hablamos durante toda la cuarentena, hasta el punto de llegar a incluirnos mutuamente en los planes de la otra tras la deseada liberación.

Armé la mochila con lo que tenía por casa e intentando cargar lo menos posible, ¡cada gramo cuenta! Tengo que reconocer que lo único que sabía era que iba a empezar e Irún y llegar a Santiago en más o menos un mes y medio, con algo de esfuerzo y suerte.

En ese momento vi a Sara desde la ventana del autobús, con su palo del Himalaya por las calles de Burgos tan tranquila. Y pensar que la última vez nos tomamos unas cervezas en Katmandú.

Sabía que éramos dos. Dos que no tenían ni idea, pero al fin y al cabo aventureras. Si sobrevivimos en Nepal y esos países, ¿cómo no vamos a hacerlo aquí y ahora?

Todavía recuerdo las patatas bravas que comimos al llegar a Irún. Tan emocionadas estábamos que nos pusimos a caminar mientras empezábamos a descubrir los caseríos vascos.

Acampamos en una cala desviada del Camino y sin comida ni casi agua, recuerdo limpiarnos el sudor con el agua que había dejado el mar en las rocas de la playa. Menudo esfuerzo al día siguiente bajo la lluvia y sin comer, gracias eternas a las moras silvestres.

El País Vasco fue el encargado de ponernos a prueba. Desde acostumbrar el cuerpo hasta aprender a montar la tienda de campaña. Aprender a curar nuestros pies y a mantenernos motivadas la una a la otra en cada subida o bajada. Nos entraban bajones al pensar que nos quedaba más de un mes caminando.

Pero, ¿y la ilusión de imaginarnos llegando?

Vivimos atontados. La mochila tiene que pesar el x% del peso corporal. Tantos kilómetros al día. Ducha calentita al acabar. Comer x. Estirar. Medicinas para todos y cada uno de los dolores del cuerpo.

Todo esto ayuda, pero que al cuerpo también hay que darle caña. Se acostumbra, en serio. Y nadie murió por no ducharse en tres días.

Vemos a tanta gente cuyas mochilas son transportadas por correos y con todo organizado (paradas para comer, albergues, etc.), que da rabia. Os habéis olvidado de lo que es la incertidumbre, el improvisar, dejarse sorprender y cambiar los planes por conocer a alguien especial o encontrar un sitio que te encante. 

Sin pensar tanto en los cientos de kilómetros, nos centramos en avanzar.

Tantísimas personas nos acogieron en sus casas y nos ofrecieron una ducha caliente. Gente que sigue habitualmente nuestros viajes o gente que aparecía de casualidad.

Fue increíble viajar en España como lo hacemos en otros países. Recuerdo a Amaia saltando sobre el sofá de su casa, a Josu sorprendiéndonos con las grandes conversaciones del Camino y a Pury mimándonos mucho en su casa. Son tres grandes ejemplos del cariño que recibimos al terminar muchas de las etapas.

GRACIAS INFINITAS

Por animarnos a seguir, las charlas, los colchones, el agua caliente, el cariño…

Hubo momentos duros, más mentales que físicos. A veces sentía que las señales marcaban mal los kilómetros. La mochila pesaba más de lo recomendado y los tropezones se repetían, muchas veces bajo un sol abrasador. Las entradas y salidas de las ciudades nos quitaban, directamente, las ganas de vivir.

Éramos dos peregrinas poco habituales. Nunca sabíamos hasta donde íbamos a llegar ese día ni donde íbamos a dormir. Poco importaba, lo importante era ponerle ganas. Algo en este mundo ocurría, pero daba igual a qué hora pusiésemos la alarma que nosotras hasta las 10.30am no salíamos. Tan tranquilas amaneciendo, con esa libertad que nos regalaba la acampada libre.

Me cuesta explicarlo, pero me sentía demasiado bien caminando. Durante cuarenta días pasaron por mi mente todos y cada uno de los capítulos anteriores de mi vida, reflexioné como nunca, analicé el presente e imaginé un futuro incierto. Esto no quiere decir que tu Camino vaya a resultar en algo similar al mío; hay gente que lo hace por deporte, motivos religiosos o simplemente conocer el país.

El Camino es pura meditación, ¿no os dais cuenta? Una vez que el cuerpo se acostumbra a las señales que le mandas desde el cerebro mientras caminas, lo empieza a hacer automáticamente. Al estar tu cabeza desocupada con eso, empieza la meditación. Paz.

Sara y yo compartíamos reflexiones a menudo, pero muchísimas otras veces caminábamos en silencio. Nunca antes había compartido tanto con alguien. Sencillamente, conectamos más a cada paso que dimos.

Nos acostumbramos a lo mismo: necesitar posar la mochila para relajar los hombros, la sensación de dolernos en el alma semejante cuesta arriba, los sentimientos tan arrolladores al completar una etapa más o el miedo de habernos equivocado de Camino.

Caminamos tranquilas por la costa de Cantabria dándonos cuenta de que estábamos avanzado a buen ritmo y con mucha fuerza. Recuerdo la Costa Quebrada con muchísimo cariño y también los descansos en la playa a mitad de etapa.

Nada tiene que ver nuestra experiencia solitaria del Camino del Norte con lo que vivimos en el Camino Primitivo.

Este último fue una piña de personas, un grupo de doce peregrinos que nos tendíamos la mano el uno al otro desde el primer minuto. Desde Oviedo hasta Santiago, algo nos unió.

Doce peregrinos, cada cual más peculiar. Prácticamente todos los que estábamos haciendo el Camino en plena pandemia mundial, nos habíamos ido al Camino en un plan improvisado. Muchos no nos habíamos ni planteado hacerlo hasta entonces.

La llegada a Santiago se queda conmigo para siempre. Me desperté ese día con una emoción loca, emoción que nadie a nuestro alrededor podía imaginar. Fueron cuarenta largos días. Emoción por todo lo vivido, más que por el hecho de llegar. Se entremezclaba la tristeza del esto se acaba con la necesidad de terminar.

Cuando empecé a bajar Monte do Gozo, después de haber visto por un segundo las torres de la catedral, apuré el paso. No entendía el por qué, pero necesitaba culminar esos cuarenta días.

Avanzaba por las calles de Santiago con nervios, con una emoción diferente a cualquier otra. Estábamos a un paso, después de más de ochocientos kilómetros. Lo estábamos consiguiendo. Pasaban por delante de mis ojos etapas, momentos, sensaciones.

Había estado tantas veces en Santiago de Compostela.

Nos quitamos los zapatos a unos cuantos metros de la Praza do Obradoiro, mis sandalias estaban rotas y desgastadas hasta el fin. Me fijaba en cómo mis pies se habían ido deteriorando con el paso de los días. Quería llorar infinito.

Siento todavía el frescor del suelo en ese día de verano. Cada uno de esos últimos pasos mientras sonaba la gaita bajo el arco de entrada a la plaza. Recuerdo atravesarlo, sentir el sol y levantar la cabeza para ver esa catedral tan conocida para mis ojos en la gran Plaza do Obradoiro.

Y lo entendí todo. Entendí todo lo que había pasado por dentro de mí durante cuarenta días.

Me fundí en un abrazo eterno con mi compañera, amiga para el resto de mi vida. Nos habíamos traído la una a la otra hasta Santiago.

Un mes después de terminar, todavía se me vienen a la mente recuerdos. Recuerdos de momentos caminando o disfrutando de alguna vista espectacular de esas que ofrece el Norte.

No se me vienen a la mente esos recuerdos más épicos, aparece entre imágenes lo más cotidiano: abrir el pan para hacer el bocadillo, ponerme la camiseta sudada del día anterior, ver a Sara echarse los polvos de talco cada mañana, decidir mirar los kilómetros que quedaban aun sabiendo lo desmotivador que era a veces para nosotras, ajustarnos constantemente la mochila a las caderas, volver a escuchar por parte de algún local la distancia que nos quedaba por recorrer ese día cuando ya sabíamos la kilometrada del Camino, etc.

El Camino es una versión corta de nuestras vidas. Es la vida misma. Y para entender la vida, hay que vivirla.

Buen Camino a todos los que os aventuréis y gracias a todos los que habéis caminado a mi lado.

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Comentarios:

2 comentarios en “Crónica: el Camino de Santiago


Graciela
19 de septiembre de 2020

Gracias por compartir esta experiencia mágica, maravilla, mi sueño de tanto tiempo!!!

    Leti Lagarda
    19 de septiembre de 2020

    Todo un placer compartir una buena parte de lo que supuso el Camino para mí, espero que te animes si no lo has hecho ya 🙂 Gracias por leer.