Había leído sobre los Kalash.

Un pueblo un tanto distinto si lo comparamos con el Pakistán tradicional. La experiencia de viajar sola me estaba marcando en este país, pero Kalash Valley me regaló un respiro. Son paganos, viven la música y el baile como pocos en países musulmanes. No se conoce muy bien su procedencia, pero habitan unos pueblos de montaña en la casi frontera con Afganistán – ojalá algún día pueda visitarte -. Las mujeres son las que llevan los pantalones en Kalash. La mayoría de turistas visitan la zona en uno de sus festivales que ocurren a lo largo del año, pero agradezco haberlo visto en su cotidianidad sin festividades de por medio.

En sus tiempos llegó a ser algo inseguro y la zona está controlada por el ejército con sus famosos checkpoints. No hay internet así que es el lugar perfecto para desconectar ricamente en tu largo viaje. Porque Pakistán no merece la pena para quince días.

Viajaba en ese momento con Dani, una chica alemana a la que conocí en la parte trasera de un coche. Habíamos llegado a Chitral y estábamos encantadas de alojarnos con una familia que todavía son amigos a día de hoy. Adnan y su familia me dan para otro post o para cuatro, quizá me ponga a ello.

VINO, NUECES Y UN PLAN IMPROVISADO

Los chicos de Chitral nos llevaron en su todoterreno a pasar el día con los Kalash. Ellos decidían el plan y habíamos descartado la idea de visitarlo por nuestra cuenta ya que era invierno y no apetecía demasiado pasar unos días muertas de frío.

Íbamos a beber vino tinto, aquí voy a ser sincera. Tras un mes en este país tan genial como duro, necesitábamos relajarnos y dejar a un lado a la sociedad pakistaní. Ese vino era malo, pero valía. Nuestros amigos nos llevaron directamente a una casa de una familia a la que ya habían ido a consumir uvas de las que faltan en tierra firme.

Lo pasamos bomba. Nueces, vino tinto y amistades nuevas. El hombre de la casa saca la flauta para deleitarnos a la sombra de las montañas. ¿Por qué empieza a parecer el lugar perfecto?

El camino para volver son unas tres horas por una carretera bastante mala, así que nuestros amigos quieren irse cuanto antes. Justo cuando empezaba la música, ya les vale.

Me monto en el coche sintiendo que no estaba haciendo lo correcto. ¿Y qué era lo correcto? ¿Quedarme a vivir allí como una más? Pues no, pero necesitaba hacer algo.

Diez minutos de trayecto de vuelta y me decanto por lo inesperado: Dani, necesito quedarme. Y ella también lo necesitaba pero no lo había dicho todavía. Dejando a nuestros amigos atónitos y diciéndoles que ya volveremos, bajamos del coche con lo puesto y empezamos a caminar abrazadas de camino al pueblo. Ya encontraremos un coche, ya encontraremos una casa. Esto es viajar.

LA PRIMERA NOCHE

Se me ocurre lo que nunca antes había hecho: ir a mendigar casa. En este caso, a la del hombre que nos había servido vino y tocado la flauta. Malo será, un trozo de suelo. Toc, toc… menuda vergüenza. Nos recibe encantado, su mujer nos acepta en casa.

Nos sientan en una habitación en la que hay montado un estudio de música profesional improvisado. La hija del hombre – que antes no estaba – es cantante y famosa en el país. Tócate los pies, está grabando su nuevo tema. Presenciamos todo el trabajo mientras varios hombres de la aldea están allí escuchando y bebiendo como cosacos. Nos ofrecen tara, un licor local que sabe bien pero pega fuerte.

Una vez terminada la fiesta, nos acomodan en esa misma habitación. Tenemos hasta baño, aunque ya hemos visto que está habitado por miles de millones de bacterias. Dani y yo empezamos a considerar pasar allí el fin de año, estamos a treinta de Diciembre y sería genial empezar el año en esa desconexión tan bonita. Pero para eso tenemos que pedírselo a ellos y volver a Chitral a por las mochilas. Nos iremos a dedo y lo más importante: conseguiremos las uvas para las campanadas. Además de las uvas, compramos unos pasteles para la familia. Un gracias infinitas por acogernos en vuestra casa y por enseñarnos un pedazo de vuestra cultura tan única.

AÑO NUEVO

Nadie sabía que íbamos a pasar el año nuevo con los Kalash. Ni siquiera nuestros amigos de Chitral. Les mentimos y no por capricho. Durante todo nuestro viaje por Pakistán, parecía que siempre la gente sabía localizarnos y estábamos tan cansadas que no se nos ocurrió un plan mejor.

Llegamos a Kalash guiñándole un ojo al nuevo chico del ejército haciendo su función en el checkpoint. Estuvimos aquí ayer, déjanos entrar sin pagar.

No sabemos lo que nos espera pero seguro que es divertido. Mi mente quiso olvidar lo que cenamos, todos esos días las tres comidas eran algo así como: huevos fritos, pan y arroz. Nos sentamos en la habitación en la que duerme toda la familia y nos dedicamos a observarlos – aprovechamos que solo la hija cantante habla inglés – para aprender. En nuestra habitación no hay fuego que nos caliente,  así que nos quedamos allí hasta que pase algo. Por fin: nos llaman para que salgamos al frío de la calle.

Altavoces y luces de discoteca portátiles cutres, ¿qué más queremos? Están montando mucho ruido los jóvenes del pueblo. Su manera de meternos en la fiesta es poniendo música inglesa haciéndonos bailar en el medio de todo el mundo – ya sabía yo que lo de haber bailado la noche anterior nos iba a pasar factura – alternándola con su música tradicional. Ya tenemos vino en las manos, somos felices. Es la primera vez en mi vida que sentí una resaca antes que un achispamiento. Maldito vino.

Uno de los dos hijos de la familia nos dice que su padre – aquí el flautista – está en una fiesta en otra casa. Allá que vamos. Nos metemos en una habitación en la que todo el mundo baila. Cada persona protagoniza una canción mientras los demás tiran billetes sobre su cabeza, cosa que ya viví en la boda pakistaní. Por suerte, cambiamos el vino por la tara y nos perdemos en los ritmos de la noche. Llegan las doce y yo llevo cargando las uvas de mi queridísima tradición española toda la noche. Lío a la alemana para salir a tomarlas viendo las estrellas. Nos abrazamos y brindamos, volvemos pronto a dentro porque nos reclaman. Están deseando esparcir tarta por nuestras caras para celebrar el 2020 – claramente, no vuelvo a hacer esto para el 2021 – .

De esta noche prácticamente no hay fotos, no nos importaban. Nos dejamos llevar por su música y la luz de la noche en las montañas, por romántico que suene. Creamos nuestra propia burbuja de noche en el medio del mundo. Soy una adicta a pasar el final de año en algún lugar especial, definitivamente este lo ha sido y ha dejado el listón muy alto.

Ya habíamos cenado pero aquí hay un banquete, comemos lo que no hemos visto en muchos días y volvemos a la casa a dormir a las tantas de la madrugada. Supongo que así ha terminado el fin de año más especial de mi vida. Feliz, entre las montañas de Pakistán.

Nos despedimos con muchísima tristeza pero intercambiando teléfonos, ojalá podamos volver en otra ocasión. Siempre agradecidas.

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Comentarios:

2 comentarios en “Crónica: mi experiencia con los Kalash en Pakistán


John Noble
16 de junio de 2020

Gracias por este artículo. Además del tema, me gusta tu manera de describir honestamente tus pensamientos y sentimientos durante la experiencia!

    Leti Lagarda
    16 de junio de 2020

    Muchas gracias a ti, espero seguir publicando crónicas de viaje para poder expresar lo que siento cuando viajo.