282.6km separan Peshawar (Pakistán) de Kabul (Afganistán).

Llevaba viajando por Pakistán algo más de un mes y muchísima gente local me había hablado de Peshawar como si de un gran amor se tratara, así que me convencieron para pasarme. Dudando sobre la seguridad de la zona, me dejé llevar con la excusa mental de: tiro millas si me intranquiliza algo.

Aterricé en Peshawar dentro de una furgoneta amarilla destartalada tras un trayecto de infinitas horas desde el Norte del país. Habían sido muchas las paradas en mezquitas de carretera y demasiados ajustes de asientos para separarme correctamente de los hombres – ¿cuándo van a cambiar estas cosas a nivel mundial? -. No sabía lo que me esperaba en cuanto a la ciudad, pero sí que iba a estar en buenas manos. Las anteriores semanas me había quedado con una familia encantadora en Chitral, Norte del país, disfrutando de la cultura pakistaní más arraigada según mi itinerario de viaje. Misma familia que ahora me mandaba a casa de sus familiares, buenísima gente seguro.

Resultó siendo algo así como visitar Afganistán sin llegar a pisarlo. Realmente no sé cómo es aquello, podría hacer como mi padre e imaginar que está lleno de peligros y polvo. PERO NO. He aprendido lo bonito que puede llegar a ser un país que atraviesa momentos difíciles, cuando pienso en Afganistán pienso en sus montañas y en su gente hospitalaria. Me había lanzado a conocer su historia y me dejé llevar por los absolutamente increíbles libros de Hosseini: Mil Soles Espléndidos, en especial. Me asusta pensar en todas las historias horribles de guerra que hay detrás de unos cuantos misiles. Esas son las historias de terror verdaderas, tantísimo dolor en un solo país.

Está la cosa difícil para visitar Afganistán, no me gusta la idea de visitar un país que no garantiza, al menos de primeras, mi seguridad. No entiendo cómo hay gente que sigue intentando colarse por pasos de montaña y demás, serán los mismos que solo quieren visitar el país para que quede guay contarlo entre cañas con sus amigos de vuelta a su país de origen – si es que sobreviven -. No quiero decir con esto que tenga que pasarte algo realmente malo, pero la misma gente que quiere entrar ilegalmente a un país en guerra, suele ser bastante inconsciente en general. Pero, ¿quién soy yo para soltar esto? Lo mismo dirá alguna gente al verme por Pakistán.

Entonces, me conformé con Peshawar y me encantó.

Peshawar sigue abrazando a muchísimos refugiados de guerra afganos. Cuantas familias se han cobijado aquí a causa de la guerra. Se nota en su gente y en sus calles, por eso me enamoré de esta ciudad.

Llegamos tarde de narices, en plural porque me acompañaba una alemana fantástica a la que he conocido unas semanas antes en Swat Valley – si si, el de Malala, os sonará de algo -. Paramos a un taxi y esto marca el inicio de la fiesta: risas descojonadas de cientos de hombres a nuestro alrededor. Claro, somos mujeres y estamos cogiendo un taxi. Conseguimos un buen precio y nos deja en el lugar de encuentro, habíamos quedado con Abdul – a partir de aquí: nuestro cuidador en cierta calle fuera del centro. Sencillo, estábamos en uno de los tropecientos puestos de granadas del barrio, ¿cómo no nos va a encontrar?

Esperamos con las mochilas encima un tiempo, pero decidimos dejarlas a un lado entre la suciedad de la calle. Hay momentos de cansancio en los que realmente da todo absolutamente igual. Mientras vienen a buscarnos nos reímos de la cantidad de días que llevamos sin ducharnos y soñamos con un cubo de agua caliente a nuestra llegada. Cuando Abdul aparece, las sonrisas se desatan ¡somos nosotras!

Caminamos pisando charcos por calles muy oscuras petadas de varones. Llegamos a una casa enorme, de estas familiares en la que viven veinte personas por lo menos. Familias enteras pakistaníes que no se separarán jamás, eso.

Esto es así: seguimos apestando y estamos molidas, pero nos dejan cambiarnos de ropa al menos. Menuda cenaaaaaaaaaaaa. Habíamos comido 500 sándwiches que nos había preparado para el camino la madre de la anterior casa, pero íbamos a zampar ¡ojo! Había algo más que arroz y pollo. Rogamos que nos dejen ir a por una botella de agua – ya sabemos los efectos que causa en nosotras beber agua del grifo en estos países – y empieza el banquete. Sigue siendo raro dormir en casas ajenas, pero es que en Pakistán pasa una cosa: las familias son tan grandes que te puedes mover por medio país y seguir alojándote en casas de primos del primero que conociste. Y no digas que no a esto.

No quiero hablar del baño que se nos adjudicó porque la habitación estaba genial, pero nos horrorizaba tener que ducharnos incluso después de haber pasado tanto tiempo sin hacerlo – bueno, unos días eh -. Por fin íbamos a descansar y al día siguiente pasear por el centro sin planes.

El día que salimos a caminar por el centro era un día de muchos nervios porque habíamos decidido a lo loco nuestro próximo destino: Arabia Saudí. No sé si me ponía más nerviosa la localización actual o la próxima. Pero ahora tocaba Peshawar.

Cogimos un taxi local que nos plantó directamente en el bazar central nos creíamos muy listas dándole el nombre de la mezquita supuestamente principal al conductor para arrancar desde allí -. Venga va, caminamos y ya volveremos a casa desde otro punto. Yo iba cagada porque seguía en Pakistán y Peshawaristán ha tenido algún que otro atentado y problemas variosaquí me acuerdo de los avisos de secuestro del doctor que me puso las vacunas en España -, no sé si influye mucho el tema de la mezcla cultural y los Pashtunsgrupo étnico –  propios de Afganistán en confrontación con los locales que vivían ya previamente en la zona.

Ahora sí, menudo revuelo: dos mujeres caminando.

Primeros pasos entre una belleza de tiendas y restaurantes, mi amiga saca la cámara sin ningún tipo de pudor y yo me quiero meter debajo de una mesa. Hasta que yo camine 1km segura no quiero llamar más la atención, gracias. Ahora quiere tomar un té, ¿en serio? Es un local donde las cucharillas tienen más roña que el baño de anoche, recuerdo bien las preciosas tazas verdes y marrones. El dueño del local está muy entusiasmado a pesar de que todos los hombres que estaban sentados en el local se tuviesen que reagrupar a nuestra llegada. Esto tenlo muy claro: en Pakistán las mujeres por otro lado siempre. Mira este artículo sobre viajar sola por Pakistán.

Caminamos kilómetros de calles, todo tipo de mercados y zonas sin rumbo. La gente nos sonríe, nos quiere saludar, nos da la bienvenida y nos proponen una veintena de fotos. Es exagerada la bienvenida – quien dijo miedo -. Ya me empieza a gustar esto.

Es tan bonita la sensación de acogida que nos seguimos dejando sorprender durante horas. Litros de de chai y charlas después, decidimos quedarnos hasta que oscurezca, ¿qué tienen ciertos mercados del mundo que tienen esa magia tan vibrante al anochecer? Este era uno de esos, sin duda. Son innumerables los puestos callejeros que nos quieren invitar a charlar y a tomar algo, hoy nos toca sacar nuestra mejor sonrisa de agradecimiento. Hay momentos en los que colapsamos la calle con el alboroto que se llega a formar a nuestro alrededor. Es tan bonito ser recibidas así.

Son gente cálida estos Pashtuns, me fascinan realmente los lugares tan étnicamente mezclados. No llego a entender el brillo que vi en los ojos de todas estas personas que se acercaban, fue muy especial y lo tengo bien grabado. Un lugar de fama no tan buena, pero con gente de corazón muy cálido.

Hablábamos en el taxi de vuelta a casa, compartíamos sensaciones bonitas. Salimos tan motivadas del taxi que intentamos llegar a la casa sin poner maps y nos perdimos durante horas pero éramos felices. Cuando nos rendimos y pedimos socorro telefónico a Abdul, este vino a buscarnos preocupado. La familia nos estaba arropando muy dulcemente y se preocupaba constantemente por nosotras, varios mensajes a lo largo del día que ignoramos por puro disfrute de las calles locales – no solemos ignorar a quien nos acoge -.

Soñamos tanto esa noche que nos arrepentimos de no poder quedarnos más. Ha sido una parada especial, una de estas que es muy difícil expresar con palabras porque fue todo un conjunto enorme de emociones.

Oye, Afganistán, ojalá te conozca algún día y deje de imaginarte caminando por los mercados de Peshawar.

 

 

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Comentarios:

Un comentario en “Crónica: Peshawar-istán


Aira
3 de julio de 2020

Que bonito, y que honesto… Gracias!