Un artículo de opinión con un reportaje fotogáfico ajeno de por medio. Para que veáis sus caras y humanicemos de una vez por todas este gran problema.

Porque son personas, como tú.

Salgo temprano de mi hostal y camino por las calles de Atenas en dirección a la calle en la que me han citado. Nunca antes había estado por esta zona, espero que mi mapa no me lleve por zonas complicadas de la ciudad, porque Atenas las tiene. Si no sabes esto ni has sentido el drama de los refugiados, querido lector o querida lectora: vuelve.

Tengo una cita con una ONG, Carlos me espera. A las doce en punto.

Camino tranquila, pensando en lo que me puedo encontrar al llegar. Soy sensible y me rompe el corazón todo el problema actual con los refugiados. Lo hemos visto tantas veces en las noticias. Es curioso que, una vez vemos la misma noticia un centenar de veces, llega un momento en el que nos acostumbramos.

No cuentan ya las muertes, lo importante es que nosotros podamos seguir disfrutando de nuestras vidas y salvando nuestro propio culo.

Un barco más que se hunde en el Mediterráneo.

Una guerra más que estalla en Oriente Medio.

Por algún motivo que me aterroriza, duelen más las muertes en París que en Siria o Afganistán. Claro, culpa suya por tener esos gobiernos atroces y terroristas – como si en esas guerras no estuviesen metidos los gobiernos del primer mundo – . Menuda vergüenza.

¿Has pensado en esas personas? ¿En sus sueños? ¿Tanto hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar del otro?

Por algún casual yo nací en un buen lugar y tú creo que también. Me siento una afortunada y agradezco constantemente la suerte que tengo, pero es que igualmente podría haber nacido en África en el seno de la familia más humilde y con el gobierno más corrupto de aldea.

No estás en una de esas barcas de casualidad.

Los últimos kilómetros de camino hasta la calle en cuestión me despiertan. Los negocios me trasladan a Kabul y los olores a Damasco – la cual no conozco pero me gusta imaginar – .

Son calles y más calles en las que no viven griegos, y eso que estamos en el corazón de Atenas. Me cruzo con tropecientos colores de piel y miradas.

Veo un parque y me fijo en la mujer que lleva puesta una Abaya. Es tan significativo ver a esta mujer acompañada de su marido en el parque con sus hijos aquí en el medio y medio de la ciudad. Menuda mezcla llevas, Atenas.

Es que nunca una ciudad me había recordado de esta manera tan real a tantos países del mundo.

Juro que podría estar ahora mismo en las calles de Estambul. Me pregunto cómo de seguro será este barrio por la noche. Veo a numerosos vagabundos y a muchos otros rebuscando en la basura. El problema con las drogas en esta ciudad, uff.

Giro en la última esquina y me encuentro por fin con el lugar de la cita.

Doce menos cinco. La calle se las trae.

Un edificio blanco de unas cuatro plantas que hace esquina, me recibe. Se puede respirar el caos desde fuera a través de sus ventanas abiertas.

¿Qué voy a encontrar aquí?

Unos chicos afganos fuman, despreocupados, una shisha en la puerta.

Aparezco tímidamente por la puerta y pregunto por Carlos, menos mal que hay algunos voluntarios españoles que me atienden rápido. Mi cita aparece con una sonrisa cálida: ¿quieres que entremos y te enseño el lugar?

Hay jaleo en el cuarto que parece ser la recepción, me explica que una vecina ha donado una buena cantidad de ropa y la están seleccionando para luego repartir – el tanga de hilo rojo se lleva toda la atención, parece – entre todas las mujeres de la casa.

Es un centro de maternidad para refugiadas. Espero no equivocarme al decir que conviven unas cien personas actualmente y no hay hueco para ni una más.

Saturados.

Saturadas, ellas.

Me explica como se financian y como les ha afectado la crisis de este año, sus dificultades y maneras de organizarse.

Paso al cuarto de las donaciones, la comida se amontona en un cuarto pequeño. Hay mucho de pocas cosas.

Entramos a la cocina común y me parece que entro, directamente, a otro mundo. Me encanta ver como esa mujer prepara la comida para todas – me explican que se van turnando para cocinar de dos en dos – , mientras carga a su pequeñajo. Recibo un saludo cariñoso y lanza la pregunta: ¿nueva voluntaria?

Visitante. 

Nos cuenta lo que está preparando de comer, me fijo en los grandes botes de alubias que utiliza y la gran cantidad de ajo. Las neveras rebosan de desorganización y las mujeres corretean, intento imaginar el ambiente de este espacio a la hora de la comida.

Desayunar y cenar, cada una por su cuenta con los alimentos que la organización les va repartiendo a cada semana.

Subimos las escaleras desde el bajo para pasar por los tres pisos vivienda. Hay muchas habitaciones y me sorprende ver tantos carritos de bebé, – sí, ya se que estoy en una casa de maternidad – amontonados por las esquinas y pasillos del edificio.

No nos entrometemos demasiado en su intimidad, preferimos sentarnos en la enfermería a charlar un rato sobre su proyecto.

Me cuenta que es duro y que cada día puede convertirse en una auténtica pesadilla. Me explica como se organizan los voluntarios y me cuenta la parte de atención a las mujeres que son madres, en especial. Prestan atención sanitaria, psicológica y vital. Crean una conexión bonita y muy necesaria.

Preparan cursos, desde lactancia hasta procesos legales. Hacen lo imposible por intentar adaptarlas a la vida en Europa, conseguir que tengan un futuro.

¿Y los niños?

En la planta de arriba tienen una pequeña escuela que me parece el paraíso del edificio. Cuando llegamos a esta azotea, me cruzo a un par de voluntarios muy atareados. Un hiyab entre los niños llama mi atención, es la madre de uno de ellos.

Son maravillosos, es estupendo verlos sonreír después de todo lo que han pasado. Me imagino que muchas veces los críos no son conscientes del sufrimiento de sus familias, muchos han nacido en esta casa de maternidad o han llegado aquí siendo muy pequeños.

Volvemos a caminar por el edificio y nos cruzamos con algunos niños, los hay muy traviesos por aquí.

Me encanta escuchar hablar farsi.

Es un trabajo increíble el que hacen aquí, se preocupan de todos y cada uno de los aspectos de cada una de las familias. Dan prioridad a madres solteras, aunque algún marido se puede ver por la casa.

Las ayudan en todo, desde acompañarlas a las revisiones de hospital hasta encargarse de su situación legal. Darles un buen empujón para que puedan empezar una nueva vida en Europa. Es duro, incluso cuando consiguen un pasaporte griego no cambian las cosas para ellas. Supongo que vivir en la maternidad crea una especie de burbuja.

Los jueves organizan talleres para las madres, a veces funcionan y a veces no – me comentaba que puede ser habitual que las mujeres del Congo se lancen a bailar – . Me encantaría conocer más a fondo el trabajo que hacen con ellas.

Lo que más llamó mi atención fue la mezcla cultural. Hay gente de Siria, Irán, Pakistán, Congo y Afganistán. ¿Cómo pueden vivir culturas tan distintas en un mismo edificio?

Podéis imaginar la de problemas diarios que tienen lugar en este sitio. Por todas las razones que podéis imaginar al acabar de leer este artículo.

Menudo trabajo de corazón.

Ya al final de mi visita, que al final acabaron siento un par de horas, me hablan sobre el barrio. Me hablan de los farolillos blancos de la misma acera que señalan los lugares de prostitución. Me hablan de todos esos problemas que solamente consiguen complicar las cosas para la integración de las refugiadas.

Me hablan de los campos de refugiados de Grecia, Lesvos aparece en mi mente. Me cuentan sus experiencias de alguna vez visitando los campos, las condiciones en las que viven y lo duro que es para esas familias vivir en esa mierda.

Me siento reconfortada al saber que existen lugares como este, capaces de sacar al menos algunas vidas de la más absoluta desgracia.

No podemos vivir en un mundo sin fronteras ya, pero Europa está dando la espalda a un problema que se carga miles y miles de vida cada año. Eyyy si sabemos gestionar los petróleos varios y las subvenciones a la energía natural, ¿por qué no miramos más de cerca el tema de salvar vidas?

Tendemos a pensar que vienen a quitarnos nuestro sitio. Entonces, tú que te vas a Londres a trabajar por un año, estás haciendo lo mismo. Seamos justos, el inmigrante lo es venga del país que venga. Somos todos iguales o así debería ser.

Estas personas vienen de la guerra y situaciones muy insostenibles. Tienen derecho a una vida mejor.

Solidaridad.

Me alejé del derecho en su momento porque no me sentía para nada realizada trabajando en una oficina. Para mí, la esencia del derecho está en los problemas reales del mundo.

Aquí se reclaman derechos humanos y se necesitan profesionales que no luzcan corbatas. Hay un trabajo muy necesario del que muchos profesionales pasan de largo. Igual que el mundo, en general.

Ojalá las cosas cambien pronto y todos seamos más humanos.

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Comentarios:

6 comentarios en “Crónica: Refugiados en Atenas a las doce


Esther
3 de octubre de 2020

Cada una de las palabras escrita y leída por mi,me hacen protagonista de lo que se vive allí. No nos deja indiferentes leeros y sentiros. Menos mal que hay personas que enfocan su vida a ayudar a otras desde la primera línea. GRACIAS.

    Leti Lagarda
    4 de octubre de 2020

    Me alegra mucho poder transmitir lo que sentí al vivir esta experiencia, ojalá consiga acercársela a más y más personas. Hay que concienciar. Gracias a tí, Esther, por leer.

Bea
3 de octubre de 2020

“Tendemos a pensar que vienen a quitarnos nuestro sitio. Entonces, tú que te vas a Londres a trabajar por un año, estás haciendo lo mismo.” Que verdad tan grande y lo peor cuando hijos o nietos de emigrantes te lo dicen a la cara. Si entendiéramos la suerte que hemos tenido de nacer donde nacimos y la familia que nos ha tocado y no lo viéramos como un derecho el mundo sería un poco mejor.

    Leti Lagarda
    4 de octubre de 2020

    Totalmente, quizá a esas personas tan egoístas deberíamos dejarlas en el medio de alguna guerra para ver como reaccionan. Menudo mundo en el que vivimos, al menos intento darle visualización con este artículo. Gracias Bea!

Ana Gutiérrez
3 de octubre de 2020

Me quedo sin palabras… Somos muy afortunados de haber nacido aquí. Muchas veces pienso en que, a pesar de haber sido educados en valores cristianos, en q hay q amar y ayudar al prójimo, se nos olvida cuando este tiene otro tono de piel. Hay q estar muy jodido para dejar tu país y tu gente atrás en busca de una vida mejor. Europa, la tierra de las oportunidades. Já! En fin… Hipocresía pura.
Es admirable q hayas decidido quedarte y echar un cable a quien más lo necesita. Enhorabuena!

    Leti Lagarda
    4 de octubre de 2020

    Ana 🙂 Ante todo hay que ser personas, da igual el color de piel o la religión. Para mí en este mundo solo hay gente buena y mala. Se nos olvida que muchos vienen por necesidad y debemos tenderles una mano. Saludos!