Llevaba tiempo deseando que alguien me invitara a una boda tradicional en otro país. Nunca pensé que ese lugar iba a ser Pakistán. Es una de esas experiencias que marcan tu viaje, una de esas que jamás se podrán encontrar en una guía. Me siento toda una afortunada por poder contarte este pedazo de recuerdo.

Me embarqué en la aventura sin pensarlo cuando me invitaron unos recientes conocidos con los que estaba pasando unos días en Lahore. Los formalismos occidentales desaparecen y es suficiente con que te invite un vecino o un amigo cualquiera de la familia. Al ser extranjero, los asistentes pueden llegar a recordar tu presencia durante años e incluso van a idolatrar a esa persona que te invitó. Recuerda, estás en un país que ve muy pocos turistas al año y yo rezo porque siga así. Ten en cuenta que esta es una de entre las miles de bodas que se celebran al año en Pakistán y no todas las experiencias son iguales. En este caso, tuve la suerte de acudir a una muy tradicional.

Ha pasado meses desde que esto ocurrió, pero lo tengo tan fresco que asusta

DÍA 0

Descarto la idea de salir a comprar un vestido para la ocasión porque no sé a lo que me enfrento. No tengo ni idea de lo que va a pasar en estos dos días, ni siquiera se a que distancia de Lahore voy a estar. Me visto lo más acorde a la ocasión que mis 10.9 kg de mochila me permiten, preparo una bolsa pequeña y salgo a la calle.

Me viene a buscar Abdul en moto, nos vamos para su casa a prepararnos y salimos con cuatro horas de retraso (welcome to Pakistan!). Alucino con lo mucho que tardan estos chicos en ponerse guapos para la ocasión. A pesar de lo mal que me llevo con la gente que llega tarde, el hecho de que el coche tenga una bandera de Pakistán enorme, me soluciona el enfado. Estaba ansiosa, necesitaba llegar ya.

No me he movido fuera de Lahore estos días y todavía estoy en esos primeros días de entender – a nivel básico – como funcionan las cosas en el país para asegurar mi supervivencia. Espero no liarla. Son unas cuantas horas de coche por caminos difíciles en las que el inglés se entremezcla con el urdu y si cierro los ojos cuando hablan seriamente en su idioma, puedo llegar a imaginar mi secuestro. Pensamientos estúpidos se entremezclan con las imágenes que el camino me regala, ¿cómo puede ir ese hombre enganchado a ese lateral de coche de esa manera por una autovía?.

Parece que llegamos.

DÍA 1 – LA DESPEDIDA

Definitivamente no sé donde me estoy metiendo. No tengo ni idea de si esta gente sabe que estoy aquí.

El pueblo parece muy pequeño y muy familiar. Una tienda de chuches pakistaníes por aquí, unas decoraciones alegres en las calles por allá – no sabré nunca si eran para la boda – y alguna que otra casa humilde.

Llegamos a la casa que tiene unas luces que cubren toda fachada, imposible perderse. El papel que juegan las casas para las bodas en ciertas partes del mundo. Es la casa del novio a la que se va a mudar la esposa en veinticuatro horas, dejando atrás a su familia para mudarse con la de su nuevo marido. Aquí esto de independizarse de los padres no existe.

Consigo descifrar el enigma número uno al descubrir que yo voy a disfrutar de la fiesta siempre del lado de los hombres, porque estamos invitados del lado del novio. En la casa de la novia se está llevando a cabo una boda paralela y será mañana cuando se junten estas dos versiones del enlace.

En esta casa hay un montón de hombres y solo dos mujeres: la madre y la hermana del novio. Hay también muchísimos animales, puedo decir que las ovejas se entremezclan con las decoraciones horteras de boda. Me enseñan la casa de punta a punta, explicando cada detalle y pidiéndome muchas fotos. Me sientan en el patio – me parece a mí que Abdul se ha convertido en mi intérprete y siempre lo voy a tener pegado a mí desde ahora – y me empiezan a alimentar. No le digas a un pakistaní que no quieres comer porque se lo van a tomar como la mayor de las ofensas (historia de como engordé 6kg en Pakistán, próximamente). Uno más y ya serán ocho chais antes de dormir.

Madre que me ofrece a su único hijo soltero. Bailes que empiezan. Hay unos músicos que consiguen que yo empiece a mover los pies – obviamente por miedo, no iba a salir a bailar y que me consideren una suelta así de primeras – aunque solo bailan los hombres. Mientras tocan y los menos tímidos bailan, hay una figura que aparece en escena: el recogedor de propinas. Es decir, tú bailas y mientras tanto la gente te tira billetes por encima porque les gusta como lo haces. Este dinero lo recoge esta persona para beneficio de la banda. Unas semanas después experimenté mis propios bailes con dinero lloviendo del cielo entre palmadas – este fue sin duda mi mejor fin de año de la historia – en Kalash Valley.

Nos cambiamos a otra casa, que seguramente sea de los primos. Ahora entiendo algo más: aquí vamos a comer y a dormir nosotros. Un cuarto medianamente pequeño pero con techos muy altos, con pinta de estar sucio pero sin estarlo realmente. Empiezo a contar la cantidad de hombres que hay en ese cuarto sentados conmigo y me acuerdo de lo poco que le gustaría esta situación a un padre, ¿15?. Arroz, pollo y muchos dulces que acabo lamentando al día siguiente – en serio, lo de las cagaleras en Pakistán no es ni medio normal – durante la celebración principal.

Allí seguimos con la fiesta en el patio sin más mujeres que yo misma. Me sientan en una especie de trono y bailan para mí – he cumplido un sueño – , ¿en serio estoy viviendo esto?.

Nos vamos a acostar cuando yo diga basta, estos no saben lo alucinada que estoy y lo mucho que me va la fiesta en mi país de origen. Dejo que mi mente se deje llevar y después de horas decido que es hora de irnos a dormir todos, mañana es el día grande supuestamente. Duermo en la misma habitación con mis amigos y no dejo de pensar mientras meto los pies por las cuerdas de esas camas tan atípicas para mí.

DÍA 2 – LA CEREMONIA

Me encuentro muy mal del estómago y me están llamando para desayunar ese pan de aceite del infierno otra vez. Están en el patio, solo tengo que intentar salir con una sonrisa y decir que hoy no desayuno más que suero.

Dicen algo de que me van a conseguir ropa para la ceremonia – este era el verdadero sueño de que me invitaran a una boda – y yo me dejo hacer lo que esta gente quiera. Me traen caña de azúcar y me dan una pequeña lección de moto mientras algunos machos se ríen de mis intentos

Gente ajena a la boda viene a asomarse por la puerta del patio de las festividades de anoche en el que estoy sentada. Va a ser que todo el pueblo sabe a estas alturas que estoy aquí con ganas de jaleo. Tímidos, escapan corriendo en cuanto me acerco a la puerta para saludar.

No sabéis la de veces que he preguntado a estas alturas sobre las cosas de la boda y nadie sabe nada en cuanto a lo que pasa en cada momento. Vienen varios chicos de la noche anterior en motos con el novio para enseñarme el pueblo, ¿es real que el novio me esté paseando por su aldea en lugar de estar preparándose?. Tres motos y caminos de tierra, me llevan a una casa en la que están trabajando la tierra para presentarme a otra parte de la familia. Simpatizo, me saco fotos y me dejo invitar a la boda de un hijo de la señora en unas semanas. Me quedo sola con mi amigo y el novio desaparece – por fin – y reclamo agua por el bien de mi salud. Mientras compramos agua en el puesto de chuches de anoche, aparece uno de los chicos llamando nuestra atención para que nos acerquemos a otro local.

Entro en la barbería donde el novio se prepara: cremas, afeitado, mascarillas, maquillaje, gomina y otros retoques. El novio siente algo de vergüenza y los hombres que venían a peinarse a su barbero habitual, escapan al verme allí sentada – sorry guapos, pero hoy no me muevo de aquí -. Una hookah siempre sienta bien para momentos como este.

La siguiente parada es una escuela del pueblo. Todo el mundo se pone muy contento de verme y los directores sacan a relucir su inglés, para mí indescifrable. Niños que me miran normal, niñas que me miran con miedo y mucho reparo, ¿qué os pasa?. Soy una más, aunque lleve botas y mochila. Siento que me falta el aire al sentir esas diferencias horribles entre hombres y mujeres desde la infancia, me parte el corazón y quiero salir de aquí cuanto antes. Agradezco la dosis de realidad pero ha sido suficiente. 

Me traen un vestido con el que me siento una mesa camilla fabulosa y estoy segura de que les va a hacer ilusión a todos verme con esto puesto. Nos vamos a la casa principal de la boda y me dejo maquillar un poco, la gente quiere más fotos conmigo y yo me dejo porque ya he asumido que soy el centro de atención.

Sigo sin entender nada pero me llevan a una nueva casa, ¡la de la novia por fin!. Me encuentro con que todas las mujeres están aquí reunidas -algunas se cubren la cara al verme y no lo entiendo muy bien – pero ni rastro de la novia. Al rato descubro que ella está dentro de una habitación encerrada: ¿por qué?, ¿puedo verla?. Unas mujeres me llevan de la mano muy emocionadas y no se dan cuenta de que en cierto momento se me parte el alma. La veo, bueno no la veo mucho, sentada en una esquina agachando la cabeza y sin mirarme aun sabiendo que acabo de entrar. La están maquillando así que quiero suponer que es por eso.

Al rato llega el novio con tres de sus hombres y el Imam de la mezquita con los correspondientes papeles para validar el enlace. Las mujeres cenan en la parte de arriba de la casa mientras yo estoy en el patio sentada con otras tantas y el novio. Tienen lugar tradiciones como la de beber leche de a saber que animal para la buena suerte, entrega de regalos al novio y presentes para los invitados que consiste en una bolsa de dulces y dátiles. Es una parte que voy a recordar con cariño.

Me llevan a comer a una casa contigua en la que hay un banquete preparado – ahora di tú en una boda pakistaní que no puedes comer, encanto -. Hay una palestra con una mesa principal en la que allí no se sienta nadie durante el banquete más que el novio y otro hombre. Ahora en serio, ¿dónde está ella?.

DESENLACE NO ESPERADO

Un rato después del arroz blanco, me llevan al patio de la casa en el que habíamos bailado la noche anterior para decirme que pronto volveremos a Lahore. Ah, que me voy a ir sin ver a la novia. Consigo que me hagan caso y esperamos a que vuelva la luz en el pueblo durante horas para que yo pueda ir a verla. Muy lógico todo.

La novia está ya en la casa del novio, aquí se acabó la fiesta y yo no me enteré. Muy ilusionados me llevan a la habitación matrimonial en la que me encuentro esto. Imagina lo que sentí.

CONCLUSIONES DE BODA

Cuesta mucho entender que esa mujer era feliz en su día de boda, pero puede ser que sí lo sea mucho ahora mismo. Aunque la boda fue organizada y decidida por las familias, la iniciativa de casarse fue de la pareja.

Hablándolo con muchas personas en Pakistán, he entendido que en muchos casos la actitud de la novia que yo observé es la normal porque la tradición marca que tienen que mostrarse así. Sigue siendo horrible que una mujer tenga que mostrar esa actitud de bajar la cabeza y subrogarse.

Juro que no entiendo porqué a mí se me trata como una reina con esos privilegios asquerosos de hombre y a ellas las siguen tratando así en muchos casos. Me han tratado muy bien en este país pero me pasa esto.

Como muchas veces en los viajes, tengo que hacer el gran ejercicio de aprender sin intentar entenderlo todo. Es imposible. Dicen que la boda se recordará durante años por mi presencia pero y yo, ¿cómo me olvido de esto?.

 

 

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Comentarios:

2 comentarios en “Crónica: una boda en Pakistán


Laura
8 de junio de 2020

Me encantan tus viajes! Ojalá puedas pronto volver al ruedo. Mientras tanto los paseos por Galicia son lo más!

    Leti Lagarda
    8 de junio de 2020

    Los paseos por Galicia son brutales! Yo también deseo volver a largarme, pronto…