Para mí estar en la ciudad de Mardin ya era un riesgo en la mente. Sabía que a menos de cuarenta kilómetros estaba Siria, ese país que se las trae desde hace un tiempo. 

Nunca pensé que acabaría asistiendo a una boda kurda a escasos metros de la frontera. En realidad nunca pensé en hacer una ruta por la Turquía del Este. Me ha fascinado conocer esta cara del país tan desconocida.

Poco se escucha hablar del Kurdistán turco, prohibido tienen mencionarlo en el país. Alucinaba viendo las ciudades kurdas plagadas de banderas turcas marcando territorio y me sorprendía con la tensión que se respiraba al sacar ciertos temas de conversación con los locales.

Estuve en un salón de fiestas con vistas al muro que separa ambos países y en un apartamento post boda con un horizonte sirio de fondo. Casi nada.

Un joven turco nos acompañaba a mi querida amiga Dani y a mí en este día. Aquel día llegamos hasta las ruinas de la ciudad antigua de Dara y recorrimos y disfrutamos la zona hasta que nos cruzamos con la boda.

Y, ¿cómo te pasan siempre estas cosas?

Nuestro amigo turco ofreció a Dani como fotógrafa profesional – siempre tendré la curiosidad de saber si lo hizo a sabiendas de que así nos invitarían a la boda – y realmente salimos del recinto histórico ya bailando y compartiendo café con ellos. Aquí es importante decir que Kadir, nuestro amigo turco, no habla ni papa de inglés y se pasó toda la tarde traduciéndonos con el teléfono lo que estaba pasando.

La pedida de mano oficial

Entonces lo único que sabemos es que tenemos una novia vestida de rojo, un novio que parece que está deseando que el día termine, unos acompañantes que a saber quiénes son y una invitación a dormir en su casa después del enlace.

Pero, ¿a dónde vamos?

Montamos en la furgoneta tan de panadera de mi pueblo y dejamos a los novios ir tranquilos en su cochazo importado de Iraq. Media hora o una hora conduciendo desde que salimos de Dara y paramos a comer un durum en el puesto más local que os podáis echar a la cara.

¿Cómo pueden comer ahí en un día de boda y con esos atuendos alquilados?

Bailes tradicionales

Montamos de nuevo en el coche y seguimos recorriendo kilómetros sin saber la dirección en la que dejamos Mardin. La música kurda retumba en el coche y me hace pensar que la fiesta va a ser buena, aquí les importa todo menos el virus. Imagina que estamos en una ciudad que fue bombardeada por el ejército turco cuando combatían a los kurdos en 2016, con razón les importa poco lo que está pasando en el mundo a día de hoy.

Por fin aparece el muro, paralelo a la carretera que recorremos. Esas fronteras que contienen a un país tan sonado en los medios de comunicación. Un país lleno de buena gente que sufre hasta lo inhumano y hacen lo imposible por sobrevivir.

Me remueve entera ver esta frontera. Me remueve el gran problema de la inmigración.

Llegamos a un salón de bodas muy de la zona por fuera y muy esperpéntico por dentro. Para la capacidad del salón la verdad es que somos pocos, algo de sentidiño tienen.

Tentempié de boda

Hay un escenario pequeño desde el que organizan la música tres hombres. Esa música que parecía la misma canción sonando durante horas, tan intensa que yo tenía que salir de vez en cuando a tomar el aire. Nos adjudicaron una mesa cerca de la pista de baile – ya sabemos lo que nos va a tocar – y nos quedamos ahí quietos esperando.

Dani es la primera en salir al ruedo mientras yo me quedo en la mesa representando al grupo. Bailan de una manera muy peculiar, muy kurda. Agarrándose entre ellas y girando en conjunto por toda la pista de baile. Prometo que lo intenté durante horas sin llegar a entender el ritmo.

De vez en cuando algún hombre kurdo se animaba a bailar, pero tienen que hacerlo siempre en grupo para no hacer pensar a los demás que están flirteando con esas mujeres imparables. He escuchado mucho hablar de las mujeres kurdas, nada que ver con la imagen habitual de mujer musulmana sometida al hombre. Estas mujeres kurdas tienen un poderío derrochador, hasta tienen un grupo armado que combate a cierto grupo islámico.

Los novios

Si la pista de baile es enorme, en el medio y medio revolotea una videocámara que envía imágenes a las dos pantallas principales. Los novios se sientan majestuosamente en su mesa elevada con el corazón de fondo, ya os dije que la boda era un tanto hortera y luminosa.

Me encanta ver como los protagonistas del enlace se animan a bailar con esos invitados e invitadas que no paran a descansar ni un segundo. Es como si tuviesen la obligación de mantener el ambiente animado, son el eje de la boda. Su movimiento circular hace que yo pierda la orientación.

En el momento álgido de la ceremonia reclutan a todas las mujeres para llevarlas al piso superior del salón. A nosotras nos ponen delante de todo, somos las invitadas de honor recién sacadas de entre unas piedras antiguas. Nos ponen velas en las manos y una diadema con un velo rojo muy digna de despedida de soltera. Entramos a la habitación en la que está la novia con sus damas de honor armadas con tambores y a grito de guerra kurdo a pleno pulmón.

Menuda fuerza bajar con todas ellas al salón principal montando barullo. Desde luego esta no tiene nada que ver con aquella boda tan tradicional a la que asistí en Pakistán.

El baile de los novios

Ahora en el medio del salón hay un sillón preparado para la pareja, allí confirman su unión con los anillos. Los familiares y las amistades lloran emocionados y yo me siento parte de todo o de nada a la vez.

Los bailes siguen y sueño con que nos pongan algo de comida, pero me voy a casa con unas cuantas nueces y palomitas en el estómago. Parece ser que el gran día es mañana y nos lo vamos a perder. Las luces del salón de apagan por hoy y nos vamos al apartamento con la novia y su familia. Siempre que me llevan a una casa me pregunto si estará todo bien.

Un apartamento pegado al salón de fiestas, es muchísimo más lujoso por dentro de lo que imaginaba. Es que a mí me pasa una cosa en Oriente Medio, siempre me confundo con estas cosas. Las casas desde fuera son todas iguales y de aspecto humilde, por lo general. A veces al abrir la puerta me encuentro con lujos y comodidades desmesuradas.

Nos reciben de una manera muy especial y, tras colgar sus vestidos en el baño listos para devolver al día siguiente a la tienda, nos invitan a cenar en la cocina. Una vez más este contraste de gran día de boda mezclado con la cotidianidad de estas personas. Me siento en el suelo al lado de Kadir, relleno mi glor de ensalada y escucho hablar sin entender nada.

Una experiencia más improvisada. Una se despierta en Turquía cada día sin saber lo que va a pasar. Estaré eternamente agradecida por haberme invitado a su boda, desde luego es algo muy bonito y a lo que no estamos nada acostumbrados en nuestras culturas occidentales.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *